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La última Cena.

marzo 28, 2010

Las cenas y fiestas de despedida tienen siempre un sabor agridulce.  Lo que comienza con sonrisas, ramos de flores, regalos y tarjetitas, termina con ojos rojos, pañuelos desechables y nudo en la garganta. Esto lo he aprendido con los años, ya que cuando cursaba la escuela preparatoria, no pensaba así.

Al comenzar el último año escolar, la consejera de mi generación nos dijo que nuestra cena de graduación sería inolvidable. Todas iríamos vestidas de blanco sin importar el diseño; los chicos por su parte, vestirían el elegante color negro. Para mis amigas enamoradas era un sueño hecho realidad y para otras, sería la fiesta de quince años que nunca tuvieron. Para mis compañeros rockeros y renegados, era toda una ridiculez.

La consejera nos dijo que habrían dos eventos importantes. El primero sería la entrega de diplomas y reconocimientos a alumnos destacados. Cerrando mis ojos imagine al director de la escuela anunciar,

«….y ahora, recibamos con un fuerte aplauso a la alumna más hermosa y mejor vestida de toda la generación, quien además es poseedora de las más altas calificaciones: Sonia Hidalgo».

Ahora sé, que para que eso hubiera sido posible, habría sido necesario únicamente, dedicar menos tiempo al espejo y más al estudio.

El segundo evento sería la cena de gala; al caer la noche y en reconocido lugar de la siempre bella ciudad de Guadalajara, México.

Mientras que el día se acercaba, los estudiantes presumiamos el progreso- por no decir el esfuerzo- que cada uno de nuestros padres hacía por comprar el anillo, el vestido y demas.  Esperabamos con anhelo que el día llegara confiados en que haríamos lo mejor por pasarla bien y disfrutar juntos por última vez.

Cuando el día llegó, las chicas dejamos atrás los jeans y las que nunca se peinaban se rizaron el cabello dando como resultado peinados de tres pisos; es decir, fleco, plataforma y chongo.  Las que nunca se maquillaban, invocaron a Picasso, y haciendo uso de la técnica «Plasta», dejaron caer la acuarela completa en el rostro. Los muchachos exageraron su arreglo personal al bañarse, usar desodorante y cepillarse los dientes.  Las más latosas de la generación y yo, parecíamos quietas palomas de la paz, mientras que mis compañeros mal hablados parecían monaguillos de la Basílica de San Pedro; todos a un lado de nuestros padres que nos miraban con ojos de:  » ¡Ni se te ocurra ir con tus amigos!», pues padrinos, tíos, abuelos y demás amistades, no deberían ser desatendidos.

¿Y qué decir de los maestros? Por primera vez los vimos como eran: Seres humanos normales y no zombies. Las profesoras, estrenando la faja Lovable que prometía estilizar la figura sin hacerse notar, ni dejar marcas en la ropa; y que por lo que te estoy contando, no resultó ser tan buena. Los profesores, con corbata, zapatos lustrados y tacón gastado. En fin, todo esto provocó que nos vieramos tan diferentes ese día, que era difícil hablarnos y comportarnos como siempre. Con excepción del momento de tomarnos la foto todos juntos, la noche divertida que habíamos anticipado tanto, no lo fue. Nos limitamos a estar con nuestras familias y al transcurrir las horas cada quien se fue sin despedirse, a seguir su vida. A la mayoría, no los he vuelto a ver. Hubiera querido agradecer a cada uno de mis maestros su paciencia y compromiso por enseñarme y aunque fuera por un instante, me hubiera gustado decirles a mis compañeros lo importante que fueron para mí y lo divertido que pasé mis estudios gracias a su amistad y compañerismo.

La Escritura nos habla de una cena que Jesús anticipó para estar con sus discípulos. Serían las últimas horas para estar juntos y después, ya no los volvería a ver.

Un aposento alto, sería el lugar que Jesús habría escogido de antemano para la celebración de la Pascua. El Evangelio de San Lucas nos dice que Jesús envió a Pedro y a Juan para que preparásen la cena.  He de decir que nunca antes me había detenido a pensar en los discípulos preparando una cena aún cuando tal vez, hubiesen sido auxiliados por los criados del dueño del aposento. El pasaje nos deja entre ver que los dos comisionados para tal labor sabían lo que hacían, ya que el resultado de su preparación fue exitosa, pues a la hora exacta, Jesús se sentó a la mesa y con El, los apóstoles. El tiempo aquí, es importante. Jesús esta a punto de convertir esa cena en lo que llamaremos «Una máquina del tiempo», que trasladará a sus discípulos-sin entonces ellos saberlo- al futuro, y a nosotros-ahora- al pasado; para reunirnos a todos en un futuro glorioso; rompiendo así, las barreras del tiempo que solo el Alfa y la Omega, el principio y el fin puede hacer.

Es interesante leer que Jesús no esconde su emoción ante un deseo cumplido y les declara con alegría cuánto había El, anticipado comer con ellos la Pascua antes de que padeciera ;anunciandoles que no la volvería a comer hasta su cumplimiento en el Reino de Dios.

El menú acostumbrado para celebrar la cena pascual consistía en hierbas amargas y el cordero asado…sin embargo, en un momento, el platillo principal cambia y en un acto sublime y extraordinario Jesús ofrece sin distinción el pan y el vino a sus discípulos: Su cuerpo entregado y su sangre derramada. El cuerpo en el que Juan se recuesta y que será azotado por sus pecados, y la sangre que aún corre por sus venas y que será en unas cuantas horas derramada en la cruz. Nadie recibe una porción mayor que otro y nadie se niega a recibirla pues todos, a lo largo de tres años, le han seguido día y noche siendo testigos de sus enseñanzas y milagros;viendole orar y también llorar por su pueblo; convencidos que El es el Cristo, el Hijo de Dios.

Jesús ofrece voluntariamente a sus discípulos  comer su cuerpo y sangre ; antes de que Judas tome acción, antes de que sea arrestado, antes de que sea condenado, antes de que sea crucificado. Nadie le forza, nadie le obliga; Jesús entrega su vida por amor y ellos la aceptan. Extienden sus manos hacia Jesus y abriendo sus bocas le internan. Podemos decir entonces, que  Jesús, pone su vida por nosotros en la mesa y se consuma en la cruz.

Los cristianos hoy debemos anunciar al mundo que no hay una receta secreta, ni un extraño ingrediente. Es el Hijo de Dios, Jesucristo, herido y molido por nuestros pecados, y que comer el pan y beber el vino, son emblemas de su cuerpo roto y de su sangre derramada. Que el participar de esta cena hoy, debe ser para nosotros un acto tan real como lo fue para los discípulos aquella noche. Que la institución de la cena del Señor es una acción exterior que refleja una realidad interior;un acto que al ser tomado dignamente se interna en el cuerpo y en el corazón llevandonos a creer y vivir la vida de Jesús hoy.

Jesús desea ser recordado no solo en la mesa, sino en la vida diaria y hasta que El venga. Sus discípulos del siglo XXI podemos testificar que no fueron ni Pilato, ni el gran sanedrin, ni los clavos…sino el gran amor que Cristo tuvo por cada uno de nosotros lo que lo llevó a la cruz.

Jesús volverá a comer con sus discípulos de todos los tiempos y edades, aquellos que, obedeciendo a su llamado dejaron moldear su vida hasta convertirse en pescadores de hombres; los que lo dejaron todo en este mundo por seguirle y servirle; que fueron testigos de sus obras y también sus amigos.

Durante éstos días, acerquémonos a su mesa dignamente de tal modo que seamos transportados a través de la fe para celebrar como hace mas de dos mil años, una última cena con Jesús, en donde El nos promete reservar nuestro lugar, en la primera gran cena en los cielos.

«El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él»     Sn Juan 6:56

Invitados Especiales.

marzo 2, 2010

Ser esposa de pastor me ha dado la bendición de ser apreciada y de recibir toda clase de distinciones y delicadezas  por  parte de los miembros de nuestras iglesias a lo largo de estos 19 años.  Una de ésas atenciones me conmovió tanto, que pasados unos días, pensé que debía de hacer algo en respuesta a la acción tan generosa por parte de mis amados hermanos.  Trabajé en mente la idea de ofrecerles una comida comunicandole a mi esposo quien estuvo totalmente de acuerdo.  Ya con el apoyo y el dinero otorgado, empecé a llamar a mis invitados por teléfono con un mes de anticipación, ¿La  razón? No me gusta correr y hacer las cosas a última hora; me gusta disfrutar lo que hago; además , quería estar segura que las 15 parejas asistieran.

La primavera comenzaba y como soy un tanto romántica, planeé realizar la comida en el jardín de la casa. De inmediato me entregué a la tarea más ardua y complicada de cada mujer: ir de compras. Ya sé que estás pensando que no es difícil, pero sí lo es. El hacer una buena compra es un proceso que incluye una seria investigación, un análisis exhaustivo y  toma de desiciones sin remordimientos. Encontrar el color preciso para que todo combinara con los arreglos florales que tenía en mente y que éstos a su vez, fueran parte del escenario de mi jardín, sin que luciera vacío o recargado, era todo un desafío.  Consulté a Martha Stewart, visité el internet en busca de algunas ideas y recorrí tiendas que me ofrecían en sus tentadores escaparates más fabulosas ideas y ofertas.  Después de un par de semanas, el día para hacer las compras llegó y entonces – como me dijera un buen amigo- «el espíritu de compra»- , me poseyó por completo y pródigamente compré platos, servilletas, vasos, manteles y flores…muchas flores.

Pensé ofrecer algo fresco, sencillo y elegante; entonces llamé a un amigo chef para que me aconsejara.  Como resultado, lo obtuve a él mismo en mi cocina dispuesto a ayudarme – ¿O yo a él?- cocinando ensaladas,pasta, carne y pollo a las brasas.

Un dia antes, compré los ingredientes que ibamos a preparar; por la tarde, disfruté cortando el cesped con la ayuda de John Deere; por la noche adelanté la preparación de los postres para que estuvieran listos para el día siguiente. Esa hermosa mañana, el chef  llegó muy temprano y juntos, nos pusimos manos a la obra. Marinamos carne e hicimos música con los cuchillos al picar frutas y verduras; acariciamos ensaladas y preparamos salsas.  Dos horas antes, comencé a adornar el jardín en donde cuatro mesas formarían un rectángulo y en el centro un arreglo de flores de diferentes tamaños haciendo juego con los centros de mesa y simulando una fuente. El jardín lucía hermoso cubierto por la alfombra de fresco pasto verde; la sombra de dos árboles gigantes reposaban sobre el área de las mesas, y entre ellos, una hamaca obsequiada por un fiel amigo que se mecía suavemente  por el viento.  Las ardillas parecían saber que estaríamos de fiesta, pues curiosas y visiblemente emocionadas – las inocentes criaturas-iban de aquí para allá y mirandome a lo lejos, parecían aprobar la decoración.  A un costado y a un lado del asador, situé dos mesas en donde viandas y  bebidas estarían servidas para que los invitados dispusieran de ellas, sirviendose a su gusto.

Puntualmente dí una última revisión para sólo confirmar que todo estaba perfecto. Mi amigo chef se tendría que ir a los 15 minutos pues un compromiso hecho con anterioridad, le obligaba a dejarnos no sin  antes darme todas las indicaciones sobre los términos de cocción de la carne.  Pasados los quince minutos, todo permanecía en silencio; solo los manteles movidos por una ráfaga de viento parecían requerir un poco más de atensión.  Después de otros 15 minutos, comencé a imaginar razones por las cuales mis invitados se habían retrasado…

-¿Estás segura que les dijiste bien la hora?- Me preguntaba mi esposo checando la hora en su teléfono.

-¡Claro que sí!- Le contesté un poco preocupada.

Pasados 45 minutos, los que parecían ser los primeros invitados arribaron con una charola con frutas desveladas tan solo para disculparse por no poder quedarse. ¿La razón? No me la preguntes, porque no la sé. Yo solamente les oí decir que no se quedarían y lo demás no me importó. Con una sonrisa de gato y diciendome que todo se veía muy bonito se fueron por donde vinieron.

Mi esposo comenzó entonces a mandar mensajes a través de su teléfono asegurandome que se habrían equivocado de hora. Mientras él enviaba los mensajes, yo regresé a la cocina  para dar otro vistazo a la pasta que mantenía en el horno a temperatura mínima.  Acomodándome el peinado, trataba de mantener a la pasta y a mí misma, en el mejor de los estados.  A medida que mi esposo recibía los mensajes de respuesta , me iba haciendo saber las razones por las cuales todos se iban disculpando por no poder asistir. Cuando escuché que una pareja se había olvidado por completo de mi invitación y estaba en el parque de diversiones local, respiré profundo y me dirigí hacia la ventana de la cocina como si al asomarme pudiera traerles con el pensamiento.  Por un segundo, ví mi reflejo en los cristales de la ventana y de repente, noté algo extraño…mis ojos habían cambiado de color, mi peinado se asemejaba al de un indigente, la ropa me apretaba y mi piel iba tomando un color verde Hulk; sin preludio alguno y como si fuera la tía del hombre increíble, caminé hacia el horno enfurecida y con un deseo indómito arranqué la puerta del horno para sacar la pasta estrellando el platón en el piso y embarrando la pasta por toda la cocina; de un puñetazo, hice añicos la estufa ; luego me encaminé hacia el jardín y volqué las mesas haciendo volar por los aires platos y vasos; derramé las salsas y las bebidas, destrocé las flores, rompí las jarras de cristal y de un jalón arranque la hamaca. Con fuerza descomunal levanté el asador y lo lancé al jardín de mi anciana vecina que me miraba asombrada por la ventana. Mientras tanto, ví de reojo a una ardilla fisgona que intentaba huir despavorida cruzando el jardín; tomandola por la cola y luego de casi destriparla, le saqué los ojos. Los gritos de los curiosos y el ruido de los automóviles me hizo salir a la calle dejando atrás el jardín pleno de platos rotos y comida regada por doquier.  Después de dar tremendo rugido y provocar algunas volcaduras de autos haciendo sonar alarmas, levanté la vista en dirección a la casa del último de los invitados que mandó un texto para disculparse. De tres zancadas llegué a su casa. Cuando ellos me oyeron llegar, se asomaron por la ventana gritando con desesperación: «¡Es la hermana Sonia!» con llanto y de rodillas, me suplicaban que los perdonara, mientras que uno al otro se culpaban por no haber hecho los arreglos necesarios con tiempo para que alguien se hiciera cargo de sus mal educados hijos y así poder asistir a mi comida…..Entonces, oí la voz de mi amado esposo diciendome,

-Creo que no van a venir, pero todavía tú y yo podemos comer….- abrazandome por la espalda y conduciendome suavemente hacia el jardín.

En ese momento me percaté de que mi cuerpo tenía sus dimensiones normales, así como  mi peinado y el color de mis ojos; todo había sido producto de mi imaginación y de lo mal que me sentía porque nadie había querido venir.  Por más que intentaba poner una sonrisa en mi rostro, no lo lograba; lo cual me hacía sentir peor, ya que pensaba que mi nivel de santidad había bajado dos rayitas. No podía quitar de mi mente el desperdicio de tiempo, dinero, energía y cosméticos que usé para nada. No , no tenía ganas de llorar, más bien me sentía defraudada y buscando una respuesta convincente me preguntaba porqué habrían tenido tan en poco mi invitación.  Pasados varios minutos me dí cuenta que mi esposo, mis hijos y yo, estabamos disfrutando de abundante comida y de la naturaleza de una hermosa y soledad tarde.

Al terminar de comer, mis hijos y mi esposo me ayudaron a colocar todo en orden como si nada hubiera sucedido. Exhausta me recosté en la hamaca. Entonces, recordé la parábola acerca de un suceso semejante según lo describe Lucas en el capítulo 14:15-24.

La sagrada escritura nos dice que Jesús se encontraba comiendo en la casa de un gobernante cuando mencionó la parábola de un hombre que preparó una gran cena invitando a muchos.

La costumbre de aquellos tiempos era la de ofrecer dos invitaciones. La primera invitación era enviada con mucha anticipación y requería una respuesta inmediata aun cuando no se daba a conocer la hora exacta en que se realizaría el evento. Esto permitía que el anfitrión se preparara haciendo los cálculos necesarios para la elaboración del banquete; la segunda invitación, se hacía el mismo día de la fiesta y para avisar que todo estaba listo. En el relato que nos ocupa, los invitados han sido llamados a venir por segunda vez; el suspenso en la historia aumenta a medida que vamos descubriendo como uno a uno, los invitados que ofrecieron inicialmente una respuesta afirmativa, fueron declinando a último momento con excusas justificables y hasta pausibles que se tornan ridículas e insuficientes ante el compromiso contraído; excusas nada diferentes a las que se dan hoy, para no asistir.

Uno de los lugares en los que se escuchan excusas variadas e ingeniosas, además de la escuela, es la iglesia. Los pastores sabemos de memoria las mil y una excusas para no asistir al templo y para no buscar a Dios. Lamentablemente, éstas excusas son ofrecidas alrededor del mundo cada domingo: «Que el niño tiene salpullido»,»que tuvimos una visita inesperada»,»que el carro no arrancó», etc. Es triste notar como increíblemente  hasta las cosas buenas que nos suceden  en la vida tienen el potencial de alejarnos de Dios y de su casa, como lo pueden bien ser el nacimiento de un hijo, un casamiento, la compra de una casa o el ascenso en el trabajo. De igual manera que mis invitados, los comensales de la parábola fueron avisados con tiempo acerca del evento de modo que no tenían excusa valida para no estar preparados.

Mi nivel de santidad subió sus dos rayitas, al leer que también el hombre que organizó la cena se enojó en respuesta y reacción normal ante un insulto recibido. La informalidad y falta de seriedad que mostraron los invitados son un mal en nuestra sociedad que  debilita las relaciones con nuestros semejantes y con Dios mismo. El tiempo, el esfuerzo y el cariño que invierte una persona que nos invita a comer, deben ser agradecidos y valorados desde el momento mismo que recibimos la invitación. El dar la importancia debida a una invitación hecha, es sin duda, una lección práctica que debemos aprender.

El anfitrión de la cena al ser notificado que nadie en realidad había querido asistir a su banquete, dió la orden a su siervo para que fuera por las plazas y las calles de la ciudad para traer a los pobres y minusvalidos sin escatimar esfuerzo alguno por traer a los más, hasta llenar la casa.

El anfitrión de la cena representa a Dios quien lejos de improvisar, ha preparado todo con tiempo y nos dice que la mesa esta ya servida. Los convidados originales, son el pueblo judío que rechazó la invitación;ante el desprecio, Dios envió a su hijo Jesucristo:el siervo que va en busca de los pobres y menesterosos- a saber, gentiles y pecadores- por las calles y plazas de la ciudad animandoles a entrar al banquete con la fuerza que produce su amor.

La parábola de la gran cena nos enseña que el Señor no desistirá de ofrecer sus bendiciones y que la invitación esta abierta para todo aquel que quiera tener comunión con El,  sin importar sus carencias, deficiencias, lejanía y origen; que la invitación que el Padre nos ofrece a través de Jesucristo no solo debe ser valorada, sino valorada sobre todo; que la cena se llevará a cabo un día glorioso y que no carecerá de comensales. Si tú y yo aceptamos y le tomamos en serio, podremos ser los invitados especiales que Jesucristo esta buscando, para mostrar la gloria de Dios.

«…Si alguno tiene sed, venga a mí y beba»   Sn Juan 7:37