La última Cena.

marzo 28, 2010

Las cenas y fiestas de despedida tienen siempre un sabor agridulce.  Lo que comienza con sonrisas, ramos de flores, regalos y tarjetitas, termina con ojos rojos, pañuelos desechables y nudo en la garganta. Esto lo he aprendido con los años, ya que cuando cursaba la escuela preparatoria, no pensaba así.

Al comenzar el último año escolar, la consejera de mi generación nos dijo que nuestra cena de graduación sería inolvidable. Todas iríamos vestidas de blanco sin importar el diseño; los chicos por su parte, vestirían el elegante color negro. Para mis amigas enamoradas era un sueño hecho realidad y para otras, sería la fiesta de quince años que nunca tuvieron. Para mis compañeros rockeros y renegados, era toda una ridiculez.

La consejera nos dijo que habrían dos eventos importantes. El primero sería la entrega de diplomas y reconocimientos a alumnos destacados. Cerrando mis ojos imagine al director de la escuela anunciar,

«….y ahora, recibamos con un fuerte aplauso a la alumna más hermosa y mejor vestida de toda la generación, quien además es poseedora de las más altas calificaciones: Sonia Hidalgo».

Ahora sé, que para que eso hubiera sido posible, habría sido necesario únicamente, dedicar menos tiempo al espejo y más al estudio.

El segundo evento sería la cena de gala; al caer la noche y en reconocido lugar de la siempre bella ciudad de Guadalajara, México.

Mientras que el día se acercaba, los estudiantes presumiamos el progreso- por no decir el esfuerzo- que cada uno de nuestros padres hacía por comprar el anillo, el vestido y demas.  Esperabamos con anhelo que el día llegara confiados en que haríamos lo mejor por pasarla bien y disfrutar juntos por última vez.

Cuando el día llegó, las chicas dejamos atrás los jeans y las que nunca se peinaban se rizaron el cabello dando como resultado peinados de tres pisos; es decir, fleco, plataforma y chongo.  Las que nunca se maquillaban, invocaron a Picasso, y haciendo uso de la técnica «Plasta», dejaron caer la acuarela completa en el rostro. Los muchachos exageraron su arreglo personal al bañarse, usar desodorante y cepillarse los dientes.  Las más latosas de la generación y yo, parecíamos quietas palomas de la paz, mientras que mis compañeros mal hablados parecían monaguillos de la Basílica de San Pedro; todos a un lado de nuestros padres que nos miraban con ojos de:  » ¡Ni se te ocurra ir con tus amigos!», pues padrinos, tíos, abuelos y demás amistades, no deberían ser desatendidos.

¿Y qué decir de los maestros? Por primera vez los vimos como eran: Seres humanos normales y no zombies. Las profesoras, estrenando la faja Lovable que prometía estilizar la figura sin hacerse notar, ni dejar marcas en la ropa; y que por lo que te estoy contando, no resultó ser tan buena. Los profesores, con corbata, zapatos lustrados y tacón gastado. En fin, todo esto provocó que nos vieramos tan diferentes ese día, que era difícil hablarnos y comportarnos como siempre. Con excepción del momento de tomarnos la foto todos juntos, la noche divertida que habíamos anticipado tanto, no lo fue. Nos limitamos a estar con nuestras familias y al transcurrir las horas cada quien se fue sin despedirse, a seguir su vida. A la mayoría, no los he vuelto a ver. Hubiera querido agradecer a cada uno de mis maestros su paciencia y compromiso por enseñarme y aunque fuera por un instante, me hubiera gustado decirles a mis compañeros lo importante que fueron para mí y lo divertido que pasé mis estudios gracias a su amistad y compañerismo.

La Escritura nos habla de una cena que Jesús anticipó para estar con sus discípulos. Serían las últimas horas para estar juntos y después, ya no los volvería a ver.

Un aposento alto, sería el lugar que Jesús habría escogido de antemano para la celebración de la Pascua. El Evangelio de San Lucas nos dice que Jesús envió a Pedro y a Juan para que preparásen la cena.  He de decir que nunca antes me había detenido a pensar en los discípulos preparando una cena aún cuando tal vez, hubiesen sido auxiliados por los criados del dueño del aposento. El pasaje nos deja entre ver que los dos comisionados para tal labor sabían lo que hacían, ya que el resultado de su preparación fue exitosa, pues a la hora exacta, Jesús se sentó a la mesa y con El, los apóstoles. El tiempo aquí, es importante. Jesús esta a punto de convertir esa cena en lo que llamaremos «Una máquina del tiempo», que trasladará a sus discípulos-sin entonces ellos saberlo- al futuro, y a nosotros-ahora- al pasado; para reunirnos a todos en un futuro glorioso; rompiendo así, las barreras del tiempo que solo el Alfa y la Omega, el principio y el fin puede hacer.

Es interesante leer que Jesús no esconde su emoción ante un deseo cumplido y les declara con alegría cuánto había El, anticipado comer con ellos la Pascua antes de que padeciera ;anunciandoles que no la volvería a comer hasta su cumplimiento en el Reino de Dios.

El menú acostumbrado para celebrar la cena pascual consistía en hierbas amargas y el cordero asado…sin embargo, en un momento, el platillo principal cambia y en un acto sublime y extraordinario Jesús ofrece sin distinción el pan y el vino a sus discípulos: Su cuerpo entregado y su sangre derramada. El cuerpo en el que Juan se recuesta y que será azotado por sus pecados, y la sangre que aún corre por sus venas y que será en unas cuantas horas derramada en la cruz. Nadie recibe una porción mayor que otro y nadie se niega a recibirla pues todos, a lo largo de tres años, le han seguido día y noche siendo testigos de sus enseñanzas y milagros;viendole orar y también llorar por su pueblo; convencidos que El es el Cristo, el Hijo de Dios.

Jesús ofrece voluntariamente a sus discípulos  comer su cuerpo y sangre ; antes de que Judas tome acción, antes de que sea arrestado, antes de que sea condenado, antes de que sea crucificado. Nadie le forza, nadie le obliga; Jesús entrega su vida por amor y ellos la aceptan. Extienden sus manos hacia Jesus y abriendo sus bocas le internan. Podemos decir entonces, que  Jesús, pone su vida por nosotros en la mesa y se consuma en la cruz.

Los cristianos hoy debemos anunciar al mundo que no hay una receta secreta, ni un extraño ingrediente. Es el Hijo de Dios, Jesucristo, herido y molido por nuestros pecados, y que comer el pan y beber el vino, son emblemas de su cuerpo roto y de su sangre derramada. Que el participar de esta cena hoy, debe ser para nosotros un acto tan real como lo fue para los discípulos aquella noche. Que la institución de la cena del Señor es una acción exterior que refleja una realidad interior;un acto que al ser tomado dignamente se interna en el cuerpo y en el corazón llevandonos a creer y vivir la vida de Jesús hoy.

Jesús desea ser recordado no solo en la mesa, sino en la vida diaria y hasta que El venga. Sus discípulos del siglo XXI podemos testificar que no fueron ni Pilato, ni el gran sanedrin, ni los clavos…sino el gran amor que Cristo tuvo por cada uno de nosotros lo que lo llevó a la cruz.

Jesús volverá a comer con sus discípulos de todos los tiempos y edades, aquellos que, obedeciendo a su llamado dejaron moldear su vida hasta convertirse en pescadores de hombres; los que lo dejaron todo en este mundo por seguirle y servirle; que fueron testigos de sus obras y también sus amigos.

Durante éstos días, acerquémonos a su mesa dignamente de tal modo que seamos transportados a través de la fe para celebrar como hace mas de dos mil años, una última cena con Jesús, en donde El nos promete reservar nuestro lugar, en la primera gran cena en los cielos.

«El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él»     Sn Juan 6:56

Invitados Especiales.

marzo 2, 2010

Ser esposa de pastor me ha dado la bendición de ser apreciada y de recibir toda clase de distinciones y delicadezas  por  parte de los miembros de nuestras iglesias a lo largo de estos 19 años.  Una de ésas atenciones me conmovió tanto, que pasados unos días, pensé que debía de hacer algo en respuesta a la acción tan generosa por parte de mis amados hermanos.  Trabajé en mente la idea de ofrecerles una comida comunicandole a mi esposo quien estuvo totalmente de acuerdo.  Ya con el apoyo y el dinero otorgado, empecé a llamar a mis invitados por teléfono con un mes de anticipación, ¿La  razón? No me gusta correr y hacer las cosas a última hora; me gusta disfrutar lo que hago; además , quería estar segura que las 15 parejas asistieran.

La primavera comenzaba y como soy un tanto romántica, planeé realizar la comida en el jardín de la casa. De inmediato me entregué a la tarea más ardua y complicada de cada mujer: ir de compras. Ya sé que estás pensando que no es difícil, pero sí lo es. El hacer una buena compra es un proceso que incluye una seria investigación, un análisis exhaustivo y  toma de desiciones sin remordimientos. Encontrar el color preciso para que todo combinara con los arreglos florales que tenía en mente y que éstos a su vez, fueran parte del escenario de mi jardín, sin que luciera vacío o recargado, era todo un desafío.  Consulté a Martha Stewart, visité el internet en busca de algunas ideas y recorrí tiendas que me ofrecían en sus tentadores escaparates más fabulosas ideas y ofertas.  Después de un par de semanas, el día para hacer las compras llegó y entonces – como me dijera un buen amigo- «el espíritu de compra»- , me poseyó por completo y pródigamente compré platos, servilletas, vasos, manteles y flores…muchas flores.

Pensé ofrecer algo fresco, sencillo y elegante; entonces llamé a un amigo chef para que me aconsejara.  Como resultado, lo obtuve a él mismo en mi cocina dispuesto a ayudarme – ¿O yo a él?- cocinando ensaladas,pasta, carne y pollo a las brasas.

Un dia antes, compré los ingredientes que ibamos a preparar; por la tarde, disfruté cortando el cesped con la ayuda de John Deere; por la noche adelanté la preparación de los postres para que estuvieran listos para el día siguiente. Esa hermosa mañana, el chef  llegó muy temprano y juntos, nos pusimos manos a la obra. Marinamos carne e hicimos música con los cuchillos al picar frutas y verduras; acariciamos ensaladas y preparamos salsas.  Dos horas antes, comencé a adornar el jardín en donde cuatro mesas formarían un rectángulo y en el centro un arreglo de flores de diferentes tamaños haciendo juego con los centros de mesa y simulando una fuente. El jardín lucía hermoso cubierto por la alfombra de fresco pasto verde; la sombra de dos árboles gigantes reposaban sobre el área de las mesas, y entre ellos, una hamaca obsequiada por un fiel amigo que se mecía suavemente  por el viento.  Las ardillas parecían saber que estaríamos de fiesta, pues curiosas y visiblemente emocionadas – las inocentes criaturas-iban de aquí para allá y mirandome a lo lejos, parecían aprobar la decoración.  A un costado y a un lado del asador, situé dos mesas en donde viandas y  bebidas estarían servidas para que los invitados dispusieran de ellas, sirviendose a su gusto.

Puntualmente dí una última revisión para sólo confirmar que todo estaba perfecto. Mi amigo chef se tendría que ir a los 15 minutos pues un compromiso hecho con anterioridad, le obligaba a dejarnos no sin  antes darme todas las indicaciones sobre los términos de cocción de la carne.  Pasados los quince minutos, todo permanecía en silencio; solo los manteles movidos por una ráfaga de viento parecían requerir un poco más de atensión.  Después de otros 15 minutos, comencé a imaginar razones por las cuales mis invitados se habían retrasado…

-¿Estás segura que les dijiste bien la hora?- Me preguntaba mi esposo checando la hora en su teléfono.

-¡Claro que sí!- Le contesté un poco preocupada.

Pasados 45 minutos, los que parecían ser los primeros invitados arribaron con una charola con frutas desveladas tan solo para disculparse por no poder quedarse. ¿La razón? No me la preguntes, porque no la sé. Yo solamente les oí decir que no se quedarían y lo demás no me importó. Con una sonrisa de gato y diciendome que todo se veía muy bonito se fueron por donde vinieron.

Mi esposo comenzó entonces a mandar mensajes a través de su teléfono asegurandome que se habrían equivocado de hora. Mientras él enviaba los mensajes, yo regresé a la cocina  para dar otro vistazo a la pasta que mantenía en el horno a temperatura mínima.  Acomodándome el peinado, trataba de mantener a la pasta y a mí misma, en el mejor de los estados.  A medida que mi esposo recibía los mensajes de respuesta , me iba haciendo saber las razones por las cuales todos se iban disculpando por no poder asistir. Cuando escuché que una pareja se había olvidado por completo de mi invitación y estaba en el parque de diversiones local, respiré profundo y me dirigí hacia la ventana de la cocina como si al asomarme pudiera traerles con el pensamiento.  Por un segundo, ví mi reflejo en los cristales de la ventana y de repente, noté algo extraño…mis ojos habían cambiado de color, mi peinado se asemejaba al de un indigente, la ropa me apretaba y mi piel iba tomando un color verde Hulk; sin preludio alguno y como si fuera la tía del hombre increíble, caminé hacia el horno enfurecida y con un deseo indómito arranqué la puerta del horno para sacar la pasta estrellando el platón en el piso y embarrando la pasta por toda la cocina; de un puñetazo, hice añicos la estufa ; luego me encaminé hacia el jardín y volqué las mesas haciendo volar por los aires platos y vasos; derramé las salsas y las bebidas, destrocé las flores, rompí las jarras de cristal y de un jalón arranque la hamaca. Con fuerza descomunal levanté el asador y lo lancé al jardín de mi anciana vecina que me miraba asombrada por la ventana. Mientras tanto, ví de reojo a una ardilla fisgona que intentaba huir despavorida cruzando el jardín; tomandola por la cola y luego de casi destriparla, le saqué los ojos. Los gritos de los curiosos y el ruido de los automóviles me hizo salir a la calle dejando atrás el jardín pleno de platos rotos y comida regada por doquier.  Después de dar tremendo rugido y provocar algunas volcaduras de autos haciendo sonar alarmas, levanté la vista en dirección a la casa del último de los invitados que mandó un texto para disculparse. De tres zancadas llegué a su casa. Cuando ellos me oyeron llegar, se asomaron por la ventana gritando con desesperación: «¡Es la hermana Sonia!» con llanto y de rodillas, me suplicaban que los perdonara, mientras que uno al otro se culpaban por no haber hecho los arreglos necesarios con tiempo para que alguien se hiciera cargo de sus mal educados hijos y así poder asistir a mi comida…..Entonces, oí la voz de mi amado esposo diciendome,

-Creo que no van a venir, pero todavía tú y yo podemos comer….- abrazandome por la espalda y conduciendome suavemente hacia el jardín.

En ese momento me percaté de que mi cuerpo tenía sus dimensiones normales, así como  mi peinado y el color de mis ojos; todo había sido producto de mi imaginación y de lo mal que me sentía porque nadie había querido venir.  Por más que intentaba poner una sonrisa en mi rostro, no lo lograba; lo cual me hacía sentir peor, ya que pensaba que mi nivel de santidad había bajado dos rayitas. No podía quitar de mi mente el desperdicio de tiempo, dinero, energía y cosméticos que usé para nada. No , no tenía ganas de llorar, más bien me sentía defraudada y buscando una respuesta convincente me preguntaba porqué habrían tenido tan en poco mi invitación.  Pasados varios minutos me dí cuenta que mi esposo, mis hijos y yo, estabamos disfrutando de abundante comida y de la naturaleza de una hermosa y soledad tarde.

Al terminar de comer, mis hijos y mi esposo me ayudaron a colocar todo en orden como si nada hubiera sucedido. Exhausta me recosté en la hamaca. Entonces, recordé la parábola acerca de un suceso semejante según lo describe Lucas en el capítulo 14:15-24.

La sagrada escritura nos dice que Jesús se encontraba comiendo en la casa de un gobernante cuando mencionó la parábola de un hombre que preparó una gran cena invitando a muchos.

La costumbre de aquellos tiempos era la de ofrecer dos invitaciones. La primera invitación era enviada con mucha anticipación y requería una respuesta inmediata aun cuando no se daba a conocer la hora exacta en que se realizaría el evento. Esto permitía que el anfitrión se preparara haciendo los cálculos necesarios para la elaboración del banquete; la segunda invitación, se hacía el mismo día de la fiesta y para avisar que todo estaba listo. En el relato que nos ocupa, los invitados han sido llamados a venir por segunda vez; el suspenso en la historia aumenta a medida que vamos descubriendo como uno a uno, los invitados que ofrecieron inicialmente una respuesta afirmativa, fueron declinando a último momento con excusas justificables y hasta pausibles que se tornan ridículas e insuficientes ante el compromiso contraído; excusas nada diferentes a las que se dan hoy, para no asistir.

Uno de los lugares en los que se escuchan excusas variadas e ingeniosas, además de la escuela, es la iglesia. Los pastores sabemos de memoria las mil y una excusas para no asistir al templo y para no buscar a Dios. Lamentablemente, éstas excusas son ofrecidas alrededor del mundo cada domingo: «Que el niño tiene salpullido»,»que tuvimos una visita inesperada»,»que el carro no arrancó», etc. Es triste notar como increíblemente  hasta las cosas buenas que nos suceden  en la vida tienen el potencial de alejarnos de Dios y de su casa, como lo pueden bien ser el nacimiento de un hijo, un casamiento, la compra de una casa o el ascenso en el trabajo. De igual manera que mis invitados, los comensales de la parábola fueron avisados con tiempo acerca del evento de modo que no tenían excusa valida para no estar preparados.

Mi nivel de santidad subió sus dos rayitas, al leer que también el hombre que organizó la cena se enojó en respuesta y reacción normal ante un insulto recibido. La informalidad y falta de seriedad que mostraron los invitados son un mal en nuestra sociedad que  debilita las relaciones con nuestros semejantes y con Dios mismo. El tiempo, el esfuerzo y el cariño que invierte una persona que nos invita a comer, deben ser agradecidos y valorados desde el momento mismo que recibimos la invitación. El dar la importancia debida a una invitación hecha, es sin duda, una lección práctica que debemos aprender.

El anfitrión de la cena al ser notificado que nadie en realidad había querido asistir a su banquete, dió la orden a su siervo para que fuera por las plazas y las calles de la ciudad para traer a los pobres y minusvalidos sin escatimar esfuerzo alguno por traer a los más, hasta llenar la casa.

El anfitrión de la cena representa a Dios quien lejos de improvisar, ha preparado todo con tiempo y nos dice que la mesa esta ya servida. Los convidados originales, son el pueblo judío que rechazó la invitación;ante el desprecio, Dios envió a su hijo Jesucristo:el siervo que va en busca de los pobres y menesterosos- a saber, gentiles y pecadores- por las calles y plazas de la ciudad animandoles a entrar al banquete con la fuerza que produce su amor.

La parábola de la gran cena nos enseña que el Señor no desistirá de ofrecer sus bendiciones y que la invitación esta abierta para todo aquel que quiera tener comunión con El,  sin importar sus carencias, deficiencias, lejanía y origen; que la invitación que el Padre nos ofrece a través de Jesucristo no solo debe ser valorada, sino valorada sobre todo; que la cena se llevará a cabo un día glorioso y que no carecerá de comensales. Si tú y yo aceptamos y le tomamos en serio, podremos ser los invitados especiales que Jesucristo esta buscando, para mostrar la gloria de Dios.

«…Si alguno tiene sed, venga a mí y beba»   Sn Juan 7:37

La Boda Perfecta

febrero 2, 2010

Suertudina, creció observando videos de la boda de Diana Spencer y el Príncipe Carlos. Las imagenes de Lady Di arribando a la Catedral de St. Paul, en el corazón de Londres, así como el vestido de seda color marfil con diez mil perlas bordadas y una cauda de veinticinco metros de largo; representaban su sueño y el de cada mujer en el planeta. Embelesada, observaba a los distinguidos invitados provenientes de las casas reales, nobleza y aristocracia, luciendo sus mejores galas. La celestial música y la idea del momento de dar el «Sí», al heredero de la corona de Inglaterra frente al obispo de Canterbury dejaban a Suertudina, casi sin aliento. Le conmovía la belleza que irradiaba la novia al salir de la Catedral y su descender por la escalinata de la iglesia; imagen que cautivó a todo el mundo y que la convertirian más tarde en «la Princesa del Pueblo», como le hiciera llamar posteriormente el primer ministro, Tony Blair.

La fecha que eligió Suertudina para el dia de su boda, fue el 14 de febrero, el día del amor.  Aunque la boda sería al medio día, Suertudina abrió los ojos a las tres de la mañana, pues una leve punzada, la despertó,

– ¡No puede ser, la muela otra vez!- Pensó mientras se llevaba una mano a la mejilla.

Puso en práctica el remedio infalible de cerrar los ojos, tomar aire, y repetir tres veces seguidas: «No me duele, no me duele, no me duele». El remedio funcionó y se volvió a dormir, para despertar a una calurosa mañana llena de nerviosismo y preparativos de última hora.

Al arribar a la iglesia, notó inmediatamente que la seguridad del lugar estaba al máximo; pues el hijo de doña Beta (Doña Elizabetha), se encontraba a cargo y con una garra en la mano hacia señas murmurando:»viene,viene..» a cuanto carro se estacionara. Auxiliado con un mecate amarrado a un árbol, cerraba el paso a transeuntes procurando apartar lugar para estacionar el carro de la novia.

Al descender del automóvil y dirigirse hacia el atrio del templo, Suertunida se percató de algo extraño. No había ningún invitado afuera y en el interior del templo había poca gente.  Al llegar a la puerta su mamá le hizo saber de inmediato y en voz baja que la persona encargada de tocar la marcha nupcial, había tenido un contratiempo; en su lugar, le había pedido a Elton Juan, el hijo de la vecina, que tocara el procesional. El problema era que Elton estaba atorado en la lección número ocho del curso para piano «Enseñando a tocar a los deditos» y como todo un principiante y concertista en ciernes, comenzó a tocar el procesional, interpretando el ejercicio número seis de dicho manual titulado: » Dias de Béisbol».

El cortejo nupcial comenzó con la entrada de la robusta tía Estefania, apoyada en su andadera y vistiendo un diseño, «Llévese tres por el precio de uno»; a su lado, el tío Felipe luciendo orgulloso el uniforme y las insignias de policía bancario, debido a que no le dió tiempo de cambiarse la ropa.

Detrás de ellos Sofía, hermana del novio y futura cuñada, que con una peineta de plumas en la cabeza -símbolo de aristocracia y moda arcaica- trataba de contener la melena de leona en medio de un tornado. Alberto, su esposo, envaselinado a más no poder y caminando con delicado paso cual asustado venado -alargando el cuello y moviendo las orejas- intentaba ligarse a cuanta soltera veía.  Enseguida, los esposos Cuarto, Enrique Cuarto y Beatriz, a paso de gallo-gallina.

El momento tierno del procesional lo protagonizó la niña de las flores y sobrina de Suertudina, quien al ver al predicador a la distancia, se asustó y comenzó a llorar arrancándose la tiara de un jalón; su mamá, avergonzada por tal exabrupto, la hizo hacer el recorrido a la fuerza y a punta de «zapes».

En el altar y como si fuera el Príncipe Carlos…pero mejorado; se encontraba Inocencio esperándola como  un gallo comprado y listo a ser ejecutado. Atado al altar, parpadeante y parandose en un pie primero y luego en el otro, ya que los zapatos nuevos le apretaban.

En la puerta de la iglesia, asida del brazo de su padre y radiantemente hermosa se distinguía Suertunida como si encabezara un mitin por la avenida central rumbo al zócalo; pues todos los invitados morosos, se habían instalado justo detrás de ella arruinando la posibilidad de una buena fotografía.  La marcha nupcial comenzó a escucharse a ritmo de cumbia ya que Elton hizo su mejor esfuerzo, ejecutándola de oído.  Para no desairar a Leticia, la hermana del tío de Inocencio, Suertudina permitió que su hijo Andresito de apenas cuatro años, le sostuviera la cauda. A pesar de que Leticia lo amenazó con quitarle la espada de La Guerra de las Galaxias, Andresito, accedió a ser parte del procesional, alternando la espada al tiempo que se limpiaba la nariz y depositaba residuos en el vestido de la novia.

Al llegar al altar, la soprano Guillermina Vanessa ( Guillermina Van Essa), intentó entonar a capela, «El Padre Nuestro»; pero como Elton no tenía idea, le dió el tono dos octavas  mas abajo confundiendola y dando como resultado el maravilloso canto de una rana con flemas que sonó presagiando la unión con un Príncipe y el momento de un beso de amor que lo transformaría todo.

El ministro, con acento extranjero y vistiendo túnica extra larga, ignoró por completo la liturgia e improvisó la ceremonia que tardó cinco minutos en oficiar, para luego, pedir a los congregantes tomaran asiento y así comenzar a dar un sermón breve de 45 minutos. Habían transcurrido tan sólo 6 minutos de los 45, cuando la congregación se encontraba más perdida en el sermón que Adan en el día de las madres. Los ancianos asistentes se durmieron convencidos de que lo mejor de la fiesta, es la siesta; las flores se marchitaban y el calor empezaba a hacer estragos en el maquillaje de la novia.

Mientras que el ministro se hacía bolas en su prédica contestando preguntas que nadie se estaba haciendo, la muela de Suertudina, comenzó a pedir a punzadas, la intervención de un dentista.  Al terminar su elocuente y significativa homilía, el sudoroso y fatigado ministro les pidió a los novios se pusieran de pie y miraran a la congregación, para declararlos oficialmente como marido y mujer. Justo en ese momento, el llanto de su sobrinito Carlitos estremeció el templo y un «cállate o te pego», se escuchó por todo el santuario opacando la esperada pronunciación. Como el dolor de muela, no daba tregua, los novios se besaron discreta y rápidamente.

Al compás del ejercicio número siete titulado: «El cartero» , salieron del templo para descubrir el cielo nublado y la torrencial lluvia. A falta de paraguas de seda, los invitados se fueron corriendo al salón contiguo, en donde se realizaría la recepción.  Al entrar, Suertudina se dió cuenta que estaba repleto de invitados, todos ellos gente distinguida del pueblo que habían hecho a un lado el protocolo y como si fueran personajes de una cena medieval, se disputaban ferozmente los platos de comida.  El momento de las felicitaciones llegó y con ello las fotos del recuerdo en las que en todo momento apareció detrás de los novios la prima Engracia, quien hizo las veces de agente de seguridad pues además de estar bastante pasadita de peso y padecer un acné severo, nunca se despegó de ellos.

El dolor de muela se intensificó con el pasar de las horas, y al terminar la fiesta, la luna de miel se convirtió en visita urgente al consultorio del dentista, quien les abrió sus puertas para practicarle una endodoncia y colocar una corona de oro en la restaurada muela.

Sufriendo todavía los efectos de la anestesia, Suertudina llegó a la conclusión  que su boda no había sido tan perfecta como la de Lady Di; y que aunque  Inocencio no tenía sangre azul y no heredaria trono alguno, era el hombre de sus sueños y de quien estaba completamente enamorada. El amor había triunfado a pesar de los inconvenientes de la boda. Se amarían y serían felices por siempre, como en un verdadero cuento de hadas.

El primer milagro que Jesús realizó, lo llevó a cabo en la cocina de una casa en donde se celebraba una boda, según el evangelio de Juan (San Juan 2:1-12).

Jesús y sus discípulos fueron invitados a unas bodas en una ciudad llamada Caná de Galilea. La escritura nos relata que mientras la fiesta de bodas se llevaba a cabo aparentemente sin contratiempos,en la cocina, los sirvientes preocupados reportaban que el vino se había terminado;situación que provocaría una verguenza social para la familia de los novios, si no se actuaba con rapidez.

María la madre de Jesús, también había asistido a la boda y se cree que era amiga íntima de la familia de los novios, debido a que fué una de las pocas personas que supo de la falta de vino y que tuvo la oportunidad de actuar con libertad, al dar órdenes a los sirvientes.  María, le comunicó a Jesús que el vino se había terminado, sugiriendole su intervención.

Si bien es cierto que la falta de vino provocaría sañalamientos sociales, también debemos decir que no era una cuestión de vida o muerte y que no tenía nada que ver con el destino espiritual de los novios.  En ese sentido, se entiende la respuesta que Jesús da a María, al decirle, » ¿Eso qué tiene que ver conmigo? todavía no ha llegado mi hora», refiriendose así, a que su hora para ser revelado como el Mesías y de ser crucificado como Cordero del sacrificio para salvación y perdón de pecados, no había llegado.(Jn. 2:4 NVI) Los que manipulamos alimentos, sabemos de los apuros que se pasan en la cocina, y de cuando algún ingrediente escasea de última hora, bien sea porque no calculamos adecuadamente las cantidades, o porque no tenemos los sificientes recursos para obtenerlos.

Me alegra saber que los primeros en ver un milagro realizado por Jesús, fueran sirvientes de la cocina. Sólo ellos supieron exactamente como sucedió. Obedeciendo al mandato de Jesús, llenaron de agua seis tinajas que podían contener ochenta litros cada una o tal vez más, y luego, sirvieron el agua convertida en vino, dándole la primera prueba al encargado del banquete.  Los comentaristas nos dicen que tal cantidad de vino era mucho más de lo que se podía normalmente ofrecer, en un solo evento.  Jesús, manifestó su poder al transformar el agua en vino, no sólo siendo humilde al no solicitar el crédito por haber realizado el milagro, sino también al mostrar la bondad y la generosidad de Dios.

El maestresala, lo probó y fué enseguida a ver al novio, quien al parecer tampoco se enteró que Jesús contribuyó para su felicidad; y de esta manera el novio fué felicitado por el organizador de la boda, debido al estupendo vino que se sirvió al final.  Esto me hace pensar, que es así, como en ocasiones, Dios tiene cuidado de nuestras vidas. ¿Cuántos milagros habrá hecho el Señor por tí y por mí, y no nos hemos dado cuenta? Al pasar de los años podemos reconocer que fue la mano de Dios, que ahora nos da la dicha de contar con felices recuerdos.  En este sentido, el milagro de las bodas de Caná de Galilea, se sigue realizando hasta el día de hoy, en la vida de muchos.

Para Juan, como para el resto de los discípulos, el milagro -sobre una situación en aprietos- se transformó en una verdad espiritual en ése mismo momento; y lo que en un principio nos parece no tendrá mucha trascendencia, traspasa las paredes de la cocina y del tiempo del tal modo, que San Juan, lo da a conocer en su evangelio 70 años después de la crucifixión de Cristo; presentandonos a Jesús como el Hijo de Dios viviendo entre los hombres y a quien se le puede invitar, tocar, ver y escuchar. Quien tuvo y sigue teniendo amigos entre los hombres y que se complace en sus días de fiesta;que podemos aproximarnos a El, en cualquier nivel de necesidad que tengamos y que lo que pudieran ser trivialidades para nosotros, para Jesús no lo son; si esta de por medio nuestro bienestar.  Más tarde, los discípulos entenderían que cuando el vino del judaísmo imperfecto se hubo terminado, Jesús vendría para ofrecer el mejor vino: su propia sangre derramada en la cruz abundante y para todo aquel que quiera beberla.

En una circunstancia de la vida cotidiana , y desde la cocina, Jesús dió testimonio del amor del Padre quien le envió para revelar su gloria y para que nosotros podamos creer en El, como lo hicieran sus discípulos en la boda que gracias a Jesús, fue perfecta.

«Depositen en El todas sus preocupaciones, porque El cuida de ustedes»

1 Pedro 5:7 LBL

Año nuevo, vajilla nueva.

enero 13, 2010

Prudencia, tenía una amiga de la infancia que sólo se comunicaba con ella, cuando quería presumirle algo.  El teléfono sonó al iniciar la semana y con las mismas disculpas de siempre la amiga de Prudencia, comenzó a decirle:

– ¡Prudis, que gusto! Soy yo, tu amiga de la infancia. He pensado en tí todo este tiempo, pero no había tenido la oportunidad de llamarte. Uno de mis propósitos, para este nuevo año, es mantener contacto con mis amigas; y para comenzar, he organizado una cena de ex-compañeras de la universidad en mi casa y me gustaría que tú también vinieras, pues todas preguntan por tí.

A Prudencia no le quedó de otra, que aceptar la invitación.

Mientras se preparaba un té para bajar el coraje y aplacar la piedra en el hígado, se preguntaba qué cosa nueva sería la que habría adquirido ahora. ¿Sería una sala nueva? ¿tal vez el comedor?¿cambiaría la alfombra?

– ¡Es un carro nuevo!- Le sugirió su esposo, cruzando la pierna y acomodandose los lentes.

-¿Cómo crees?- Le respondió, muy segura- ¡Si fuera un carro, ya hubiera venido!

El día de la cena, Prudencia llegó unos cuantos minutos antes de la hora indicada.  Al entrar a la casa, la amiga de la infancia la recibió amablemente con la frase de cortesía acostumbrada,

– ¡No has cambiado nada…estás igualita!- Luego le dijo,

-La cena esta lista; como eres la primera en llegar, ¿Podrías ayudarme a llevar algunos platos a la mesa?

– ¡Claro!- Le contestó Prudencia con una sonrisa y la boca amarga.

Ambas entraron a la cocina y sin perder más tiempo le presumió,

-¿No habías visto mi cocina nueva, verdad? Tiene tantos gabinetes, que se me olvida dónde guardo los platos…¡Me confundo!…¡Ah! Pero tuvimos un inconveniente, pues con el fin de que se pudiera ensamblar mejor, agrandamos la cocina dos metros más e instalamos una puerta nueva que por cierto también nos costó muy cara. Aprovechando, le dije a mi esposo que deberíamos cambiar la ventana, por una más grande; eso me obligó a comprar las cortinas y las persianas exactas para que regulen la luz adecuada…

Cuando terminó de dar el reporte de todos los gastos por remodelación que tuvieron que hacerse y haciendo caso omiso a la regla número uno, del Manual de La Perfecta Presumida, que dice:

«Si lo que quieres es sólo presumir, no preguntes que te parece»; le preguntó,

– ¿Qué te parece, Prudis?

Con mucho tacto y abriendo los gabinetes de par en par, le contestó,

-Lo que importa, querida, no son las alacenas, ni la cocina en sí; sino lo que hay dentro de ella; y por lo que veo, tu cocina, alegra la vista; pero estos platos…¡desgarran el alma!- Y tomando un platón ondo agrietado, se lo mostraba con una media sonrisa y guiñándole un ojo.

Y es que, en realidad ,la amiga de la infancia parecía tener mucha tolerancia al desorden y no ser tan sensible a las cosas visuales. Es decir, tenía un reguero infernal en los gabinetes: Platos de diferentes tamaños, peleandose por un espacio y tazas, colocadas de tal forma,que con sólo rozarlas, se provocaría un efecto dominó, con un fin insospechado. Prudencia,  le sugirió colocar un letrero de advertencia para quienes se atrevieran a abrir esas puertas; pues mantequilleras, azucareras, jarras, charolas, platones, moldes y refractarios; todo revuelto, podrian dar tremendos sustos a incautos curiosos con un desenlace fatal.

Prudis, siguió comentando humildemente que la cocina, de nueva…no tenía nada; Pues a medida que iba abriendo los gabinetes le demostraba, con ejemplos, que el resto de los utensilios de cocina parecían haber sido partícipes de mil guerras revolucionarias: Vasos de plástico quemados, ollas abolladas, sartenes cochambrientos y sin mango; cucharas soperas descarapeladas, cuchillos sin filo, tazas antidiluvianas,un comal torcido; jarras de cristal ralladas, un abrelatas oxidado, un pocillo despostillado,cazuelas humeadas; una cafetera sin tapa y un par de coladores rotos.

Durante la inspección, también le hizo saber, que no sólo era descuidada y desordenada, sino que además, una sentimental; ya que las flamantes alacenas guardaban en su interior centenares de recuerditos de bodas y quinceaños; vasos con diseños de graduaciones de gente desconocida; bebés de roscas de reyes de hace diez años; tres servilletas «Feliz Año Nuevo 1982»; las velitas del pastel de cumpleaños de cada uno de sus hijos; unos palillos chinos y destapadores, productos de los viajes del tío Pancho; la primer cuchara, el platito y los chupones que usaron sus hijos cuando eran bebés; la taza sin asa de la abuelita Clotilde; la batidora carísima, pero descompuesta; docenas de envases de plástico: «por si se llegaran a ocupar»; los primeros dientes de leche de su sobrinito adolescente; los vasos de plástico de la película Tiburón II, y la charolita del avión del viaje a Disney.

La razón que decía tener para no deshacerse de tanto cochinero, era que pensaba que si lo tiraba a la basura, provocaría que esos eventos felices, se borraran de su mente.

Después de sortear algunos peligros, y como si fuera la novia de Indiana Jones, Prudis, logró encontrar la antes mencionada vajilla que parecía haber sido rescatada después de miles y miles de años de una zona arqueológica:  Estaba incompleta,remendada y con vestigios de pintura que informaban que alguna vez hubo algún diseño en esos platos.  Ante la falta de memoria, Prudencia, le aconsejó, se aplicara a esos restos, la prueba del carbono 14  y así poder saber la fecha exacta en la que se adquirió.  Amorosamente, no tardó en hacerle saber que a pesar de que se había esmerado en cocinar deliciosos manjares; el usar esa vajilla, provocaría náuseas y arruinaría la presentación de la cena, dando como resultado comentarios no deseados.

Con voz temblorosa, la amiga de la infancia hizo mención de una vajilla, recuerdo de su boda, la cual tenía guardada en la vitrina del comedor, por más de veinticinco años; y que nunca se había atrevido a usar por temor a que se rompiera.

Ambas, se encaminaron decididas a profanar la vitrina que estaba más sellada y con más utensilios que la tumba de Tutankamón. Cubriéndose con una mano nariz y boca para evitar posible contaminación por endoesporas, bacterias, o cualquier otro gas infeccioso que pudiera emanar, comenzaron a forcejear por unos segundos, hasta que las puertas lograron abrirse rescatando la antigua y valiosa vajilla, que se encontraba cubierta con varias capas de polvo que impedían admirarla.  Confiando en que la tubería no se tapara, le dieron una mega lavadita descubriendo ante sus ojos una hermosa vajilla de porcelana inglesa; con diseños de rositas delicadas y parejas de enamorados con bordes realzados.  Prudis, entonces le ayudó a poner la mesa añadiéndole un toque fino con unas velas color «rosa pálido con el tiempo», que arrancó de unos arreglos de quinceaños, quién sabe de quién.

De esta manera, Prudencia, demostró su amistad sincera una vez más y la amiga de la infancia, aprendió la lección prometiendo renovar la cocina al día siguiente.  Minutos después, las ex-compañeras llegaron y la cena fué un éxito.  La remodelación de la cocina fué elogiada, pero no más que la buena comida, en la vajilla nueva.

El uso de la vajilla data de tiempos inmemoriables y se define como el conjunto de utensilios creados para servir, trasladar y permitir ingerir los alimentos adecuadamente.

En Exodo 25:23-28, Dios manda a hacer algunos utensilios a Moisés: Platos, cucharas, bandejas, jarras y tazones; todo de oro puro y para uso exclusivo del tabernáculo.

Los detalles que se describen en el pasaje nos dejan ver que Dios fue sumamente cuidadoso al dar las instrucciones acerca del uso de los utensilios. Las jarras y los tazones servirían para verter las ofrendas, mientras que los platos y sus bandejas deberían ser usados para servir los «Panes de la Proposición», frase también traducida como los panes «De la Presencia» o «Del Rostro».

Debían ser  doce panes que representaran a las doce tribus de Israel. Elaborados de harina sin leudar y cubiertos con incienso, permanecerian siempre en la mesa, colocados en dos grupos de seis. Los sacerdotes ofrecían primero a Dios el pan por seis días y lo comían hasta el séptimo día, reemplazándolo por pan fresco.  La presencia continua de los panes representaba la provisión y cuidado de Dios.

En el Nuevo Testamento, la mesa de los panes representa a Cristo, el Pan de Vida.  Después de su resurrección, la escritura nos muestra que Jesús, no permite ser tocado por María; antes debía presentarse ante su Padre; ofrecido en sacrificio primeramente para Dios y luego para nosotros prometiéndonos estar siempre y hasta el fin del mundo ( Mateo 28:20).

Hoy, nosotros podemos ser esos platos y charolas de oro que Dios necesita, para que Cristo sea servido, trasladado y presentado, con el fin de  mostrar las riquezas de su gloria.

Tristemente, algunas personas todavía se encuentran atrapados en la vitrina de la mundanalidad; cubiertos de capas de pecado que impiden ver los bellos diseños que Dios quiso plasmar en ellos. Jesucristo tiene el poder de rescatarnos y lavarnos con su sangre preciosa, de modo que seamos agradables delante de su Padre.

Cuando permitimos que su Santo Espíritu nos guie y use, descubrimos la razón para la cual fuimos creados y nuestra vida se torna útil.  La responsabilidad que tenemos es consagrarnos a su servicio para que el Señor permanezca en nosotros durante toda la semana; y así, poder trasladarle al hogar, al taller, a la escuela y al trabajo; mostrando a todo aquel que tenga hambre, el rostro misericordioso de Jesús.

Siempre deseosos de ser renovados con pan fresco en el día del Señor a través del estudio, la adoración, la exposición de su Palabra y el servicio; de tal manera que podamos estar capacitados para presentar a Jesús de una manera tan atractiva que otros quieran comerle también.

Permitamos a Dios estrenar una nueva vajilla y que Cristo sea dado a conocer a través de nosotros en este año nuevo.

«…Y para ser notorias las riquezas de su gloria, las mostró para con los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria, a los cuales también ha llamado, esto es, a nosotros…»   Romanos 9:23-24

¿Depresión Invernal?

diciembre 29, 2009

El invierno apenas comienza y nos dicen que al terminar el año debemos entregarnos a la introspección, a reflexionar, a ver hacia adentro…pero, ¿Para qué querríamos ver hacia adentro, estando la novela tan buena y en sus últimos capítulos? Sin embargo, debemos hacer un esfuerzo y arrojar por la ventana el control, Blackberry, Iphone, o lo que sea; o bien, dárselo al perro, o al bebé que chorrea baba; y darnos a la tarea de revisar en serio nuestra existencia, aun cuando el panorama no sea muy agradable y luego,pensar en seguir o redirigir el plan de vida inspirados en las palabras de Sócrates, quien dijo: «La vida examinada es la única que merece ser vivida».

En ocasiones, ése monólogo interior nos resulta deprimente, pues al escudriñar las razones y motivos de vida, además de sacar a la luz problemas eternos sin resolver, invariablemete, tenemos que recordar los fracasos y a los que ya no están con nosotros. Es por eso que asomarse al interior cuesta tanto. ¿Quién quiere darle más vuelta a los problemas? Mi abuela, filósofa de la vida, solía decir: «Si tu problema tiene solución, ¿Para qué te preocupas?, y si no la tiene…¿Para qué te preocupas?.»

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que para el año 2020, la depresión será la segunda causa de incapacidad en el mundo tan sólo detrás de enfermedades relacionadas con el corazón.

Depresión en latín significa hundimiento. Este sentimiento, puede ser transitorio y durar lo que 100 gramos de jamón en el refrigerador de una casa con 4 adolescentes; o también, puede ser  un padecimiento crónico y eterno como el paquete de bicarbonato, en el mismo refrigerador.  Lo cierto es que, la depresión así como la frustración son ecuménicas y tienen la capacidad de reunirnos a todos en algún momento de nuestra vida no importando edades, posición social, educación o creencias.

Los alimentos recomendables para contrarestar la depresión son frutas, vegetales y granos enteros que ayudan al cerebro a elaborar y segregar sustancias químicas que controlan e inhiben la temperatura corporal, el sueño, el humor y el apetito. Lo mismo sucede con el pescado. Ingerirlo al menos una vez por semana ayuda a combatirla gracias a sus ácidos grasos omega 3.

Psicólogos y psiquiatras han recomendado el medicamento conocido como Prozac a quienes la padecen, aun cuando suele tener efectos secundarios. Por su parte Lou Marinoff, autor del libro: «Más Platon y menos Prozac», nos ofrece la filosofía como un remedio eficaz contra la depresión, lo cual me resulta interesante  pero inconveniente, pues el requisíto indispensable para hacer uso del asesoramiento filosófico es estar cuerdo…y ahí, yo no califico.

Los síntomas de la depresión más comunes son:

  • Aislamiento.
  • Irritabilidad.
  • Sentimientos de inutilidad o culpa.
  • Disminución importante de interés en las actividades cotidianas.
  • Aumento o disminución del apetito.
  • Insomnio o sueño excesivo.
  • Cansancio inexplicable o pérdida de energía.
  • Pensamientos recurrentes de suicidio o muerte.

Algunos de esos síntomas los presentó el profeta Elías (1 Reyes 19:1-8). La Escritura nos dice que Jezabel, la esposa de Acab rey de Israel, mando amenazar a Elías por haber dado muerte a sus profetas  y sacerdotes de Baal.  Elías, se preocupó, se asustó y huyó.  Después de llegar a Beerseba dejó a su criado y se fué solo por el desierto. Alejándose de todo, caminó un día entero hasta donde encontró un arbusto. Se sentó bajo su sombra y deseó morirse.

En el autoanálisis, Elías no salió bien librado, ya que desde su perspectiva, todo el esfuerzo no había dado los frutos deseados. Jezabel seguía en el poder y seguramente volvería a formar otro grupo de profetas y sacerdotes idólatras. Se sentía impotente y pensaba que la situación se le iba de las manos. ¿Cómo era posible que los israelitas, a pesar de ver el poder de Dios en el Carmelo no se convirtieran de sus malos caminos? Nadie estaba ahí para darle apoyo y ahora recibía amenazas de muerte. Llegó a la conclusión de que era un inútil, un miedoso y se sintió culpable de no haber logrado ser mejor que sus padres. Sus palabras de protesta fueron : «¡Estoy harto!», y luego le pidió a Dios que le quitara la vida. Agotado de llorar y sin fuerzas, se durmió.

Interesantemente, El Angel del Señor viene a Eliseo no reprochándole su estado de ánimo, por el contrario, le lleva de comer a la cama. El menú:pan, rico en carbohidratos para recobrar energía; y en un jarro, agua fresca. Me alegra saber que el remedio de Dios para Elias fuera la comida que El mismo le preparó. Imagino a Dios diciendo: – «Este pan, para Elías. Y de tomar…agua cristalina; no le pediré que la obtenga de la peña. Se la enviaré en un jarro porque se siente tan mal,que lo que necesita es descansar.»

Comió, bebió y se volvió a dormir. Después de un sueño reparador, El Angel del Señor regresó y tocándole, le levantó para que comiera otra vez y recuperara fuerzas porque el camino que aun debía andar era largo. Tal vez, Elías pensó que el mundo se detendría por su sufrimiento; sin embargo, eso no era posible; la vida continuaba y había mucho por hacer. Elías obedeció y después de haber sido restaurado y sustentado por medio del alimento, viajó 40 días con sus noches hasta que llegó a Horeb, el Monte de Dios.

Hablar de las penas de otro es muy sencillo; reflexionar en las propias es complicado y más aun, cuando lo que se desea es inspirar.

Hace dos años que fallecieron mis padres. Y aunque no te puedo decir que me deprimí porque ninguno de los síntomas mencionados arriba, me aplicaron, si pasé por momentos muy tristes y de profunda melancolía.

Jesucristo y yo, nos conocemos desde hace ya algún tiempo y en todo momento estuvo aquí, a mi lado. El no me dejó y yo no me separé de El. En la distancia, lejos de mis padres enfermos y luego en las noches de hospital. En las horas más negras de mi vida. El me abrazó y sentí su calor. Las oraciones a Dios por mí, de parte de mis amigos y hermanos en la fe alrededor del mundo, fueron escuchadas. Después del sepelio y ya en mi casa, comencé a preparar la comida para mi familia. De repente, los recuerdos vinieron a mí como caballos desbocados. Recordé lo mucho que le disgustaba cocinar a mi madre, su comida que ya no volvería a probar, la cristalería que me había heredado y las veces que mi papá me preparó el desayuno cuando era aun niña. Un sentimiento de orfandad nunca antes experimentado se apoderó de mí. Las lágrimas entonces comenzaron a rodar por mi cara a tal punto que no pude más. Lo que hice, fue huir de la cocina hacia el lugar donde siempre tengo mi altar personal. Salí corriendo y al llegar, me arrodillé y le supliqué:

-¡Señor, por favor, ayúdame!- Escuché su dulce voz diciéndome,

-«Sonia, ¿Porqué no me invitas a tu cocina? Yo también sé cocinar».

Me ayudó a levantarme y juntos regresamos a la cocina.

Cuando terminamos de hacer la comida, me dijo:

-» También, he aderezado la mesa para tí.»

Mi copa reboso de alegría y el gozo que puedas percibir en éstas páginas se debe solamente a El.

Alguien ha dicho que aceptar la voluntad de Dios, no es lo más duro. Lo más difícil, es aceptarla sin resentimiento hacia El, cuando los acontecimientos se vuelven terribles. La clave consiste en ver a Dios no como espectador de nuestro dolor, sino como partícipe de él, dándonos un pan y un jarrito de té. Las expresiones de ternura y cariño que tenemos hacia nuestro prójimo desalentado, provienen de Dios. El, es nuestro ejemplo y nuestro amigo en horas inciertas.

Elías se levantó impulsado por la realidad de que la vida continúa y que Dios esta en control de ella. Sólo en El, tenemos esperanza para continuar el camino. Más adelante,el Señor le muestra a Elías que sufrir no es lo peor, sino sufrir sin sentido. El Señor había reservado 7,000 israelitas que no se habían arrodillado ante Baal, ni lo habían besado.

En dos acciones aparentemente simples como son levantarse y comer, podemos derrotar a la depresión, que tiene la capacidad de cambiarnos de dirección al darle la espalda a las maravillas que nos presenta la vida diaria creada por Dios. La depresión llegará para quedarse, si comenzamos a pensar que Dios no tiene nada que hacer o que decir. Recordemos siempre que Dios trabaja en el silencio. En el silbo suave y delicado.

Los días de fiesta de fin de año habrán de pasar, y es probable que nos sintamos desalentados ante la quietud y el frío del invierno. Si le buscamos, Dios estará al pie de nuestra cama; para levantarnos con el desayuno a un nuevo amanecer creado siempre por El.

Feliz Año 2010 para todos.

«Tu, Señor, eres mi porción y mi copa….»  Salmos 16:5 NVI